Hay películas que envejecen mal. Hay otras que envejecen bien. Y luego está El club de la lucha, que consigue que muchos años después sigas descubriendo que algunas de sus cosas más absurdas no se las habían inventado. Me pasó con una de esas frases que aparecen varias veces durante la película, «Soy la médula oblongada de Jack», «Soy el corazón roto de Jack», «Soy la completa falta de sorpresa de Jack». Siempre había dado por hecho que aquello era simplemente otra genialidad de Chuck Palahniuk, una manera especialmente retorcida de hacer hablar al protagonista consigo mismo mientras su vida se va civilizadamente a la mierda. Pues no. O, mejor dicho, no del todo.
Mucho antes de que Tyler Durden empezara a fabricar jabón con métodos que probablemente no superarían una auditoría de prevención de riesgos laborales, Reader’s Digest publicó una serie de artículos de divulgación sobre el cuerpo humano escritos por el ya fallecido J. D. Ratcliff. La peculiaridad era que el órgano protagonista explicaba su funcionamiento en primera persona. El corazón, los pulmones, el cerebro, el hígado, los riñones o las glándulas suprarrenales se dirigían directamente a Joe y le contaban qué hacían allí dentro mientras él seguía con su vida sin prestarles demasiada atención. La idea era sencilla. En lugar de que alguien te explique cómo funciona un órgano, es el propio órgano quien te lo cuenta. Algo parecido a «Hola, Joe. Llevo toda tu vida trabajando aquí dentro y ya que nunca te has molestado en preguntar, voy a explicarte a qué me dedico». Una especie de visita guiada por el cuerpo humano en la que los empleados han decidido hablar directamente con el propietario.
Aquellos artículos terminaron recopilándose bajo el título I Am Joe’s Body. Es decir, la referencia de El club de la lucha era real. Palahniuk no inventó la estructura, simplemente vio algo bastante más interesante en ella. En la novela conserva incluso el nombre original, Joe. El narrador encuentra números antiguos de Reader’s Digest y empieza a apropiarse de aquella fórmula, pero Joe deja de ser una persona imaginaria cuyos órganos explican amablemente para qué sirven y empieza a tener sentimientos. Ahí es donde la idea se retuerce. Una cosa es «Soy el hígado de Joe» y otra muy distinta «Soy el corazón roto de Joe». En algún momento dejamos la divulgación médica y entramos en un terreno en el que probablemente un médico ya no sea suficiente.
En la película cambiaron Joe por Jack, y aquí hay otra pequeña curiosidad. El protagonista no se llama Jack. Su verdadero nombre nunca se revela. Jack procede simplemente de esa fórmula heredada de los artículos y termina convertido en una especie de identidad prestada. Por eso Edward Norton empieza a convertirse en los distintos órganos, emociones y averías psicológicas de ese Jack imaginario. Los artículos originales trataban el cuerpo como una máquina formada por piezas. Yo soy el pulmón. Yo soy el intestino. Yo soy el riñón. Cada órgano tiene una función y, entre todos, mantienen vivo a Joe mientras Joe hace cosas importantes como trabajar, pagar facturas y comprar muebles de IKEA que probablemente no necesita. Palahniuk toma esa misma estructura y la aplica a alguien que precisamente está dejando de funcionar como un conjunto. El narrador ya no se percibe como una persona completa, sino como una colección de piezas, su trabajo, su apartamento, su insomnio, su frustración, su miedo y, finalmente, Tyler. Cuando necesita describir lo que siente tampoco dice simplemente que está enfadado, sorprendido o destrozado. Se convierte en ello. Es la ira de Jack. Es el sudor frío de Jack. Es el corazón roto de Jack. Es la completa falta de sorpresa de Jack.
Y como casi todo en El club de la lucha, funciona como chiste y como algo bastante menos divertido al mismo tiempo. La historia habla precisamente de alguien que se ha fragmentado tanto intentando encontrar quién es que finalmente una parte de él decide presentarse, ponerse una chaqueta de cuero y hacerse cargo del asunto. Con resultados manifiestamente mejorables. Por eso la referencia a aquellos viejos artículos encaja tan bien. Reader’s Digest utilizaba órganos que hablaban para explicar lo maravillosamente coordinado que está el cuerpo humano; Palahniuk utiliza exactamente el mismo recurso para enseñarnos a alguien que se está desmontando pieza a pieza.
Hasta aquí todo resulta incluso entrañable. Corazón, pulmones, cerebro, hígado… órganos respetables, trabajadores y suficientemente presentables como para protagonizar un artículo familiar. El problema es que J. D. Ratcliff no se detuvo ahí. Existe I Am Joe’s Prostate, publicado en 1971, porque aparentemente alguien decidió que millones de lectores necesitaban abrir tranquilamente su Reader’s Digest y encontrarse con la próstata de Joe dispuesta a contarles sus problemas. Y probablemente tenía razón. Pero todavía podían avanzar un poco más; también apareció I Am Joe’s Man Gland, dedicado a los testículos. Esto significa que mucho antes de Internet ya había gente sentada tranquilamente en el sofá leyendo un artículo narrado en primera persona por los testículos de un tiparraco llamado Joe. Luego decimos que nuestra generación ha inventado cosas raras.
En el fondo, los artículos originales tenían ese optimismo clásico de la divulgación americana. Mira qué extraordinario es tu cuerpo, mira cómo funcionan tus órganos, mira qué máquina tan maravillosa eres. El club de la lucha coge la misma idea, la observa durante unos segundos y responde algo parecido. Sí, fantástico, ahora mira cómo se desmonta. Y creo que ahí está la genialidad de Palahniuk. No necesitó inventar aquella voz. Solo tuvo que coger una inocente serie de divulgación médica y utilizarla para narrar la destrucción psicológica de una persona. Reader’s Digest decía «Soy una parte de Joe». Palahniuk añadió «y Joe está hecho mierda».
Desde que descubrí el origen de esas frases ya no las escucho igual. Y reconozco que saber que detrás de uno de los recursos más extraños de El club de la lucha había realmente una colección de artículos médicos me produjo cierta satisfacción. O quizá no. Quizá yo solamente sea la satisfacción intelectual de Joe.
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