La fotografía ya ha sido tomada.
El clic de su Pentax queda suspendido como una pequeña detonación en la tarde. En el porche, la madre, el hermano con su marido y los dos hijos siguen quietos, aún dentro del encuadre invisible que acaba de fijarlos. Es una imagen de familia que no pretende ser perfecta, solo verdadera. Una imagen que sabe que es la última.
La cámara baja.
Durante un instante, el rostro de quien la sostiene se resquebraja. Los ojos se llenan. La boca se tensa. Parece que va a llorar. Todo su cuerpo se inclina hacia esa posibilidad. Pero se detiene. Respira. Se contiene. No hay gesto dramático ni palabras. Solo una mirada larga, limpia, que asume lo que está dejando atrás sin negarlo ni exagerarlo.
No hay abrazo.
Solo ese silencio compartido que dice más que cualquier contacto.
El motor responde con normalidad. El coche avanza. El porche se queda atrás. Una figura se vuelven más pequeña en el retrovisor hasta disolverse.
La música crece.
Y entonces el tiempo se abre.
Lo que parecía un simple viaje se transforma en una corriente de futuro. Las vidas de quienes quedaron en la fotografía comienzan a desplegarse y a cerrarse. La madre envejece y muere en su cama rodeada de sus seres queridos. El hermano, su cuñado, su cuñada, todos se apagan poco a poco, algunos de forma más injusta que otros, pero con fundido blanco al fin.
La canción se eleva.
No como fondo, sino como estructura emocional de lo que está ocurriendo.
La joven del coche envejece también. La vida se acumula en ella representada en ciudades, trabajos, relaciones y fotografías. Décadas después, yace en una habitación clara. Es muy mayor. Su respiración es débil. Frente a su cama, como convocados por la memoria, aparecen los rostros de quienes amó. No como estaban al morir, sino como fueron en su mejor momento. La esperan sin urgencia.
Un último aliento.
Silencio por un instante que conmemora un final con un último fundido blanco.
La música sube y nos acompaña por última vez y nos damos cuenta que estamos con la boca abierta y posiblemente ante el mejor final de una serie de todos los tiempos.
Mientras la música se apaga, queda la sensación de haber asistido a algo irrepetible, una despedida sin abrazos, un final definitivo, sostenido únicamente por la conciencia de que cada instante, por pequeño que sea, está ya cargado de historia. Una escena que no necesita proclamarse como la mejor para ser recordada como tal porque es humana, frágil y definitiva.
FIN
Dicen que Alan Ball, creador de A dos metros bajo tierra, escribió gran parte de la serie como terapia para superar la muerte de su hermana. En realidad, no importa. Lo que importa es que lo hizo y que lo hizo bien. Tan bien que la serie te agarra las entrañas y te las aprieta tan fuerte que puedes sentir el dolor que estaba sintiendo él en su duelo. Y cuando esto pasa, deja de ser ficción para convertirse en historia.
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